miércoles, 9 de febrero de 2011

EL FÚTBOL antes de César Cueto y después de "Manguera"

Escribe: Alejandro Rodríguez Tirado
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  • Breve historia de una época romántica y talentosa de nuestro balompié
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Desde los tiempos del fútbol amateur, la época romántica de nuestro balompié, hasta la era del profesionalismo, han brillado magníficos, excelentes jugadores por su dominio en el manejo del balón, por su habilidad para ese juego pícaro, quimboso y alegre, que es característico del fútbol nacional.
Fuerza es reconocer que en esa linda época del fútbol amateur, tan pródiga en figuras de valor, se jugaba con mucho entusiasmo, pujanza y pundonor. Era la época del fútbol macho. Con ardor y vehemencia, los jugadores se daban íntegros en la brega. Había, sin retaceos, entrega total.
De esa época para siempre recordar, en que florecieron tanto ases de nuestro fútbol, surge luminosa en el recuerdo, con luz propia la figura morena de Alejandro Villanueva, el popular "Manguera", eximio malabarista del balón.



UN SEÑOR DE LA CANCHA

¿Cómo era Alejandro Villanueva? Técnico, muy técnico, hábil, habilísimo, cerebral por excelencia. Un maestro, en una palabra. Y genial por añadidura. Era en la cancha un espectáculo aparte por sus jugadas geniales, por su capacidad creadora. Improvisaba jugadas de fantasía, de lujo, que eran un recreo para la vista y el espíritu. Tenía, además, por si fuera poco, otro notable atributo: personalidad, esa cara cualidad que distingue, a quien la tiene, de los demás de su misma especie. Era de verlo hacer las delicias del público con su personalísima manera de jugar. Pausado, sereno, señorial, recreaba con su elegante saber estar en la cancha, con su sello de distinción, con ese alto tono de su magnífico hacer. No fue su fuerte la rapidez. Corría poco, lo necesario, pero, en cambio, hacía correr la pelota como ninguno. Diríamos que, dentro de su concepción de fútbol, sentó la tesis de más que el jugador, es la pelota la que debe correr. Por ello, precisamente, prodigaba sus espectaculares pases largos: precisos y preciosos.

Espectacular, mas no individualista, tenía gran sentido del juego asociado. Admiraba verlo cómo repartía juego magistralmente con su rica gama de recursos.No había en Villanueva la jugada vulgar, violenta, chacrera. En él, el fútbol era una delicada manifestación de arte. Sus pases, de toda laya, eran admirables por su exactitud y precisión. Parecían medidos a los pies del jugador. Y, aunque más fue un extraordinario fabricante de goles, llegado el caso, con pies y cabeza, los sabía hacer de pintura.

Alejandro Villanueva, un maestro, así con mayúscula, reunía los atributos que configuran un jugador excepcional: capacidad técnica, capacidad creadora y personalidad. Fue, por ello, un jugador de época, el más grande de la suya.

CESAR CUETO: OTRO MAESTRO GENIAL

Con la implantación del profesionalismo en nuestro fútbol, surgen figuras de indiscutible valía, verdaderos cracks que dieron lustre al fútbol nacional. De los más notables, nos vienen a la memoria un ramillete de ases, de los cuales sobresalen en primera línea, por su arraigo popular, Alberto Terry, Teófilo Cubillas, Hugo Sotil...
¿Y César Cueto?, se preguntará, con avidez más de un lector impaciente. Calma, amigos, que a eso íbamos.
César Cueto es una cosa aparte. Un jugador sui géneris de extraordinaria dimensión, que aún le queda cuerda. En este genial malabarista del balón aletea el espíritu de Alejandro Villanueva. Como él, atesora Cueto esas cualidades difíciles de reunir; Capacidad técnica, capacidad creadora y personalidad. Por ello, dos jugadores excepcionales con características comunes, dos casos singulares que se dan de tiempo en tiempo por obra del azar.
Y así como Villanueva lo fue en su tiempo, Cueto es un jugador de época en la suya.
Estupendo artífice del balón, la pelota en sus pies es musa que lo inspira a enaltecer el fútbol y hacer de él una obra de arte. Cual delicado y fino orfebre, Cueto borda genialmente las jugadas. Admira verlo como trata la pelota: la recibe, toca, pisa, retiene con delicadeza. La mima en su creación y luego, con finura y suavidad, la despide y sirve con maestra precisión. Esos primorosos toques de pelota, esos pases magistrales para tiro de gol, esas espectaculares jugadas de fantasía y otros lujos de su creación, amén de esos goles de su marca, son admirable expresión de un fútbol-arte de altísimo valor.
Nunca olvidaremos, entre sus jugadas memorables, esa obra de arte que plasmó en el partido con Argentina en Buenos Aires por las eliminatorias del Mundial México ´86. Empatado iba el marcador: 1-1. Perú había mejorado notablemente en su juego. De pronto, impetuoso y señorial, apareció el "Poeta de la Zurda" y abrió las alas  de la inspiración. De atrás, bordando el fútbol con finísima gambeta y lindos quiebros, burló, uno tras otro, a los recios defensores argentinos que, a pesar de su innoble brusquedad, no pudieron abatir sus alas. Antes bien, se elevó sobre ellos, salió adelante y redondeó el poema con preciso pase a Barbadillo, que no hizo sino rematar para convertir en gol la estupenda obra del poeta.
Jugador cerebral y genial como Villanueva, César Cueto es el fútbol hecho arte. Por ello es todo una institución. Un viejo ídolo que no pierde actualidad. Los años no han mellado su capacidad futbolística, su numen creador. El tiempo le ha dado, más bien, rica madurez, tono magistral, recia personalidad y señorío, lo que le permite mantener a su favor el interés del público, que se deleita con el preciosismo de su juego genial.


Este artículo fue publicado en el diario "Novedades" el martes 26 de febrero de 1991.

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